Hoy soy yo el que no puede dormir…
Laura, en cambio, relajada y sumergida en este silencio impreciso, reposa indolente sobre esa cama que a mí tanto inquieta. La observo, y por un momento interpreto de sus gemidos inertes, vagas y tímidas divagaciones. Pero no es ella, y lo lamento: duerme como duermen los inmortales —que dueños del tiempo— ignoran el gesto impróvido del tenso mortal. Imagino que pasa frío —acaso porque me arrope en el recuerdo de que mis labios han sido siempre el calor que calmaba a sus ansias. Pero dudo en despertarla, ya que soy el que no duerme —en este silencio eterno. Me levanto, rondo lo suficiente como para entender que el ruido vital son sólo mis latidos, y el silencio apocalíptico me impulsa a buscar compañía en la televisión. Pero tampoco me calma; todos los canales duermen en la señal gris-escalada del ajuste nocturno. Por eso pienso, (¡y rabio!) sin responder por qué soy el único que no puede dormir, y busco la ansiada respuesta en el zapping iterativo. No obstante, algo me detiene -acaso me alerta- porque sé que es de noche, y sin embargo, los pasos que se acercan a mi puerta pertenecen más al bullicio diurno que a esta afonía nocturna. Pienso deprisa que la respuesta debe estar en la tele, y por eso insisto cambiando impaciente los canales. Mis manos transpiran nerviosas por el silencio quebrado de pasos penosos —ya tras la puerta— y dejan caer el mando sobre la alfombra roja. Me arrodillo buscándolo, pero me dejo distraer por una carta de ajuste distinta; roja-escalada, que desde su centro informa: ‹‹FIN DEL MUNDO – PRONTO PERECERÁ EL ÚLTIMO SOBREVIVIENTE››, en el mismo instante en que Laura abre la puerta de calle, para que los otros durmientes eternos entren y se derrumben sobre la víctima definitiva.
Yo cierro los ojos y espero. Espero para dormir…
Nicolas Esposito Chedel © 2011 |Todos los derechos reservados

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