viernes 11 de noviembre de 2011

INEFFABILIS DEUS





« ¿La juzgas celestial; convincente para los feligreses?», preguntó perspicaz e imperturbable, como siempre lo hacía, con paso lento y sus brazos cruzados tras la cintura. El novicio bajó la mirada; temía enfrentarlo, más de una vez recibió la peor de las reprimendas por haber respondido lo que el superior no esperaba. No obstante, su mirada debió buscarlo, y al hacerlo, juro que pensé que iba a perder el sentido. El padre, sin embargo, había amanecido optimista y definitivo, y esa fue la razón que por primera vez advirtiera (desde que comencé a seguirlo) que lo tratara con dulzura. Se acercó hasta el trémulo muchacho, posó tiernamente la mano más ágil sobre su cabeza, y lo instó a contestar:
«Sí, padre…», contestó al fin. El padre volvió sobre sus pasos, meditando, y tras unos segundos (que al novicio parecieron interminables) dio media vuelta y lo enfrentó inquisidor. «Además…», trastabilló el novicio, nervioso ante el inalterable escrutar del prior; «levita como santa y abre los brazos como madre redentora», zanjó, finalmente resuelto.
« ¿Le ha salido demasiado femenino?», preguntó, pero esta vez sin cambiar el gesto sempiternamente rígido.
«Me temo que sí», contestó el pupilo, dejando un espacio para que el religioso respondiera. Pero al no obtener réplica, preguntó atemorizado: « ¿Le pido que la retoque?».
«No, no podré curar al mundo sino a través de la proclamación de este dogma…»
« ¿Y no puede esperar?», aventuró el muchacho.
« ¿No te das cuenta que necesitamos que la rea pueda concebir sin intervención de varón? », inquirió increpando el padre. Y sin prestar la mínima atención sobre la angustia del novicio, continuó, pero apacible, olvidando la vehemencia que segundos atrás con él había empleado. «Ya sabes que mañana es ocho de diciembre, y que por lo tanto, se nos acaba el tiempo». El superior volvió a caminar en círculos, con sus manos cruzadas detrás de la cintura, y cuando el muchacho juzgó que seguiría así por tiempo indeterminado, el padre lo sorprendió, de súbito, girando intempestivamente hacia él. Lo examinó como si de pronto no reconociera al novicio, hecho que enturbiara aún más el semblante del muchacho, acaso (no mal deduje) porque intuía qué iba a pedirle. Quedó esperándolo, impertérrito, ya que como siempre acataría cualquier petición. El prior acercó su rostro hasta casi pegarlo al del chico, y éste no movió su semblante, a pesar del hedor provecto y pervertido que emanaba de sus susurros. Ésta fue la orden: «Ve y págale lo que se le debe a Don Zurbarán, y cuando se guarde el dinero, mátalo».

«Amén, beatísimo padre… Una última pregunta…», aceptó y solicitó tartamudeando el novicio, antes de besar la arrugada mano de su señor y superior; pero como tardaba más de lo normal con la prosecución, el padre apuró hostil:
«Dispara de una vez…»
« ¿Qué hago con la criatura?»
«Ah, era eso», respondió, aliviando su expectativa con un resoplo; «di que es hijo del señor…»

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-¿Usted se da cuenta que no podemos tomarlo en serio? –Dirimió el director.
-Lo sé. Sin embargo, lo que estoy contándoles, es la verdad.
-¿Cómo puede tan solo imaginar que íbamos a creer que usted viajó en el tiempo, y que además, grabó todo en una cinta de casete? ¿Aún no ha advertido que está siendo analizado por un grupo de profesionales?
-Si no me creyeran, me habrían encerrado inmediatamente –voleé.
-Usted tiene mucha imaginación. “Ya lo advertí” –recordó después el director al santo padre.
-Sin embargo, lo puedo demostrar.
-¿Cómo? –Interrumpió uno de los neurólogos.
-Siendo despojado, por el cuerpo de seguridad, de todo mi material.
-Lo hicimos por su propio bien –excusó el jefe de celadores.
-O porque tal vez crean en mí a un viajero del tiempo, y teman que realmente haya grabado a Pío IX con su pupilo, ideando la futura epístola que guarecería a la iglesia del estupro.
-Usted no tiene en cuenta que no es admisible que lo tomemos como testigo de ese suceso surrealista. Es ridículo –retomó el director.
-¿Lo es más que la postura de aquel representante de la iglesia, que no deja de observar cada uno de mis movimientos?
-Lo es para su fe, que también es la nuestra –asumió el antropólogo.
-Y si tan fácil le es asimilar ese dogma, ¿por qué descree que cuando se viaja al pasado, el tiempo permite rescatar lo implícito aunque el espacio desintegre la materia?
-Lo descreemos, como usted dice, ya que aun acercándonos a su postura, la única prueba que tenemos es su palabra –arguyó el director, en nombre de todos.
-¿No podría brindar, la fe del que escucha, el reconocimiento? –Insistí.
Hubo un breve silencio, y en cuanto el director (al menos eso percibí) iba a continuar con el examen, el obispo se puso de pie, exaltado e impaciente.
-Déjese de decir tonterías –gritó-. ¿No se da cuenta que la mentalidad del mortal no concibe que Francisco y Giovanni se hayan compartido en el tiempo?
Iba a replicar, pero dos de los celadores vinieron a impedírmelo. No obstante, el obispo, con una señal de autoridad, permitió que me expresara.
-Usted sabe que no se trata de eso. La cuestión se centra en que sin pruebas, no admitirán mi verdad –dije. Inmediatamente el santo padre me auscultó, y ese breve silencio me brindó el espacio para dar mi último pataleo-. Porque a mi verdad no la respalda el poder. Si no explique que, paradójicamente, admitan la deleznable verdad de su baptisterio.
Yo creí que el obispo iba a sacudirme con su mano redentora, pero comprendí que no podía dejarme ir sin defender el fundamento hegemónico. La historia ya ha advertido que las palabras del libre es enemigo más temible que las armas del déspota. Por tal motivo, apeló.
-No lo admiten, porque su mensaje no es salvador.
-Pero es revelador.
-No obstante, no es omnipotente –retrucaba encendido.
-Omnipotente, por decreto. Como ustedes –aduje columbrando cada uno de los rostros opresores-. Sólo con esa venia han podido inventar el epíteto “anacrónico”. Únicamente así, han podido diagnosticarme (con licencia) cierta patología que me obliga a desencajar todo lo que me rodea.
Todos quedaron suspendidos, sin saber qué hacer o qué decir. Pero hasta que el obispo decidió dar por terminada la reunión. Y antes de traspasar la puerta, antes de que jamás volviera a tener la suerte de poder hablar con Él de igual a igual, dictó su sentencia:
-Usted es un insensato –gritó-. Jamás comprenderá la ventaja de un pueblo instintivo... –Lo dijo sin enfado, tal vez cansado de interpretarnos a los débiles de pasión. Y antes de marcharse, primero comunicó al psiquiatra-director que la comedia había finalizado, reclamando mi inmediato encierro, y luego instándome a aprender, aunque me costara toda la existencia, que la erudición de un beato y la inefabilidad de Dios nunca podrán equivocarse…
Y tenía razón. Después de veinte años, confinado en la celda más húmeda del pabellón más oscuro, me lo demostró un carcelero piadoso al enseñarme el único fragmento que subsistió de la cinta grabada. Di al play y lo escuché: “A nadie, pues, le sea permitido quebrantar esta manifestación, si alguien presumiese intentar hacerlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo…”






Nicolas Esposito Chedel © 2011 |Todos los derechos reservados

miércoles 12 de octubre de 2011

CIERRO LOS OJOS Y ESPERO



      
Hoy soy yo el que no puede dormir…
Laura, en cambio, relajada y sumergida en este silencio impreciso, reposa indolente sobre esa cama que a mí tanto inquieta. La observo, y por un momento interpreto de sus gemidos inertes, vagas y tímidas divagaciones. Pero no es ella, y lo lamento: duerme como duermen los inmortales —que dueños del tiempo— ignoran el gesto impróvido del tenso mortal. Imagino que pasa frío —acaso porque me arrope en el recuerdo de que mis labios han sido siempre el calor que calmaba a sus ansias. Pero dudo en despertarla, ya que soy el que no duerme —en este silencio eterno. Me levanto, rondo lo suficiente como para entender que el ruido vital son sólo mis latidos, y el silencio apocalíptico me impulsa a buscar compañía en la televisión. Pero tampoco me calma; todos los canales duermen en la señal gris-escalada del ajuste nocturno. Por eso pienso, (¡y rabio!) sin responder por qué soy el único que no puede dormir, y busco la ansiada respuesta en el zapping iterativo. No obstante, algo me detiene -acaso me alerta- porque sé que es de noche, y sin embargo, los pasos que se acercan a mi puerta pertenecen más al bullicio diurno que a esta afonía nocturna. Pienso deprisa que la respuesta debe estar en la tele, y por eso insisto cambiando impaciente los canales. Mis manos transpiran nerviosas por el silencio quebrado de pasos penosos —ya tras la puerta— y dejan caer el mando sobre la alfombra roja. Me arrodillo buscándolo, pero me dejo distraer por una carta de ajuste distinta; roja-escalada, que desde su centro informa: ‹‹FIN DEL MUNDO – PRONTO PERECERÁ EL ÚLTIMO SOBREVIVIENTE››, en el mismo instante en que Laura abre la puerta de calle, para que los otros durmientes eternos entren y se derrumben sobre la víctima definitiva.
Yo cierro los ojos y espero. Espero para dormir…




Nicolas Esposito Chedel © 2011 |Todos los derechos reservados

sábado 1 de enero de 2011

OJOS QUE NO VEN...


El racismo responde a la incultura de los sentidos."


Qué bien sienta caminar por “la Rambla”. Si aún cabe en alguna mentalidad la arcaica idiosincrasia de que lo diferente degenera a la cultura local, es que no ha transitado por estas calles…
Presumo que el arco iris intentó explicarnos con su espectro, que la yuxtaposición de los colores no sólo ofrece variedad a nuestro albedrío, sino también la simbiosis para la integración. ¿No forma ese uno acaso parte de un todo, de ese todo que somos cada uno? Las energías solares reflejándose sobre vapores y gases, nunca dudan de su necesidad de mimetismo para permitir el paso de la luminiscencia. Y esa naturaleza que también es nuestra, es tangible sobre “la Rambla”. Si arribaran extraterrestres con tiempo limitado para informarse sobre todas las razas existentes del planeta, deberían detenerse en “la Rambla”. Aquí apreciarán que la tolerancia es la convicción de la coexistencia de variedades étnicas. Aquí observarán al mundo entero abreviado en una ciudad solidaria y cosmopolita. Pues todos parecen enorgullecerse de la sapiencia del precisarse, de la realidad de la semejanza humana aunque todos seamos diferentes, de la cultura de los sentidos…
Porque lo que digo lo personifican aquellos dos: esos que ya se han unido a pesar de temer fusionarse. Pero lo sé, porque los contemplo; sereno. Ella, tan rubia y atractiva; ofreciendo su arte ecléctico a los paseantes, lo percibe cautivada en cuanto la cruza. Él, un tanto azorado al principio, negando la posible unión entre un africano de color y una escandinava rubia, devolvía la mirada apasionada que ella parecía dedicarle. Y aunque la señorita obsequiara con su encanto a cada transeúnte, bien distinguía yo el cambio de expresión que de su rostro brotaba, cada vez que él se avecinaba. La turbación del muchacho nacía en cuanto presuponía la posibilidad del rechazo, ya que en numerosas ocasiones -me descubría yo calculando- creía fortalecerse para por fin hablarle.
Una de esas alegres tardes de mayo ,fue la elegida por su valentía para declararse. Ella supo comprender ante su aproximación inusual, que el día tantas veces esperado arribaba. Su mirada parecía no querer enfrentar lo que tanto le cautivaba, pero yo estimaba que, a pesar, tenía a todos sus sentidos preparados para la hazaña. Lo demostraba aguardando estoica, pendiente. Y en cuanto él habló, lo escuchó con toda su atención. No lo miraba, tal vez por prudencia, pero una sonrisa exquisita revelaba que estaba encantada. Inspiró todo su ser cuando se pegó a ella, y suspiró de gusto al sentirlo cerca. Y sin que él pudiera acotar nada, se lo dijo.
-Te estaba esperando.
Le entregó su mano y dejó que la condujera demostrándole confianza. En cuanto caminaron unos pasos, lo abrazó, y apoyó la cabeza sobre su hombro izquierdo. Él la contemplaba y se conmovía ante tanta belleza. Nunca imaginó algo semejante en este continente que en momentos lo rechazaba por su color. Muchas veces creyó, por su condición, estar privado para el amor. Pero ahora todo era diferente. Él; tan oscuro, ella; tan clara: ellos, se unificaban y se regocijaban. Le retribuyó el abrazo y habló. Le dijo que era preciosa y que hacía mucho tiempo lo creía. Ella le sonreía y repetía para él los mismos elogios. Se gustaban, se buscaban, se besaban, y su pequeño mundo compartido monopolizó el espacio y el tiempo de los circundantes curiosos. Dejaron sus sentidos en manos de la naturaleza y se interrelacionaron con ella.
No podía dejarlos ir, quería seguir comprobando en carne propia que los prejuicios sociales no eran más que desorientaciones culturales. ¿Qué más daba si en algunos se notaba que no compartían esa unión? ¿Qué me importaba que todos los miraran como a seres extraños, si ellos me concedían un claro ejemplo de tolerancia e integración? Yo abandonaba con ellos a los segregacionistas que, en sí, estaban infectados por la incultura de los sentidos corpóreos. Pues las razones de ese alguien que una vez dijo: “blanco mejor que negro; visitante peor que local; sexos por siempre enemistados; diferentes lenguas, religiones y razas no se pueden fusionar”, y otras tantas verdades vistas desde ojos que ven pero que no aprenden, no tienen fondo ante el ejemplo de esta pareja. Yo quería esa verdad; esa paz que ellos padecían porque se columbraban limpios.
Y por eso los seguí.
Ella volvió a besarlo, y le confesó que estaba feliz, como hacía mucho tiempo no lo sentía. Él flotaba en los sueños que se habían transformado en carne, y le estrechaba la mano para mantenerse en el ensueño. Caminaron hasta llegar al puerto. Querían estar más abrazados y por eso, supuse, se sentaron. La timidez del muchacho pareció sosegarse, porque en realidad quería expresarse libremente. Y esa confianza fortuita era una excusa propicia para las confidencias, y se expresó.
-Y pensar que yo...
Sabía que podría liberarse, pero el miedo retornaba. Mas no por la presencia de su alma gemela; no, la culpa la tenía la curiosidad o morbosidad de los andantes, cuando no dejaban de mirar absortos ante algo que suponían anormal -aunque algunos rostros lo sentenciaran como amoral-. Pero yo los observaba fijamente exclamando sin palabras que enseñar un amor no es amoral; amoral es espiar a los que se aman.
Él reconquistaba el valor arrebatado y repetía...
-Y pensar que yo... que yo...
-¿Que yo, qué? -Preguntaba con dulzura; ella, tocando con su mano libre el rostro contiguo a su mejilla, como si buscara con el tacto reconocer a su igual.
-Que yo nunca imaginé que alguien como tú... se fijaría... en alguien como yo...
-¿Por qué dices eso? -Ella seguía estrechándolo, pero algo cambiaba en su mirada. Estaba como ausente; pretendiendo, diría yo, interpretar la vacilación de su compañero. Volvió a besarla; sonriendo. Resolvió interiormente que su duda no le pertenecía. No, él creía en la igualdad que, hasta el momento, con la única que le importaba, compartía. ¿Entonces, por qué preocuparse? ¿Por qué no dejarse llevar por la misma naturalidad que su reciente amiga expandía? No hacía falta mencionarlo. Lo obvio era también la mutua atracción, y con eso estaba conforme. Pero ella insistió, y le recordó su observación...
-¿Por qué alguien como yo no se fijaría en alguien como tú?
-Bueno, es tan evidente... -Creyó que con su risa acobardada resumiría todo. Sin embargo, ella quería saberlo.
-¿Qué es tan evidente?
-La diferencia de color...
-¿Qué diferencia de color?
Yo sonreía sumergido en la misma ingenuidad que el muchacho, pero, cuán ridículo me sentí -como él- al comprobar la reciente crispación en la bella señorita y no comprenderlo. Él la miraba y gesticulaba muecas inciertas que, creía, explicarían la diferencia. Pero ella no veía lo que él expresaba. Sólo quería que le repitiera -literalmente- lo que dijo.
-¿Qué diferencia de color?
El muchacho dejó de sonreír, otorgándole con la inacción lo requerido. Cogió su delicada mano; pero no pudo besarla. Ella la retiró. Entonces él dijo.
-Que tú eres tan clara, y yo, tan oscuro...
De pronto ella río, pero fue más nerviosismo que conformidad, y por tanto fue su incoherencia la que preguntó.
-¿Pero qué dices? ¿Qué dices?
-Que soy africano de color y tú rubia escandinava...
No lo dejó continuar, extrajo de su bolso un bastón y mientras lo desarticulaba, exclamó.
-¿Un africano de color? ¿Conmigo? ¡Quién me viera!
Se levantó trastabillando, palpando lo que le quedaba del banco para comenzar a tantear con su bastón de ciega, algún camino seguro que la eludiera de su pesadilla. De ese modo se marchó.
A las pocas semanas, la hermosa muchacha volvía a sonreír y a obsequiar con su encanto a los paseantes. Pero cuando alguno se le acercaba demasiado, comenzaba a palidecer. El muchacho, a pesar de la injusticia, supo perdonarla. La observaba de lejos y decía:
“Pobre ciega. Le desperté el sentido de la incultura...”



Nicolas Esposito Chedel © 2009 |Todos los derechos reservados